Las torturas, una evidencia.

Captura de pantalla 2015-02-02 a las 19.30.56Severo y turbador artículo el de Alejandro Torrús hoy en Público: «España ha vivido desde 2004 más de 6.600 casos de tortura o malos tratos policiales». Algo deja claro. La tortura en España es una evidencia, algo más que una evidencia, una lacra, incómoda que invita más a soslayarla que a mirarla de frente, ya seas juez o periodista. Nadie que tenga algo de poder o se beneficie de este, sea en la gran prensa, en la universidad o en la Academia, ha escrito nada o que suponga un posicionamiento firme en contra de esa peste policial y gubernamental.

No hay «manual de la ETA» que valga. A casi dos denuncias diarias. Se dice pronto. Y lo más tremendo no son las cifras o el relato de las torturas concretas, algo vertiginoso, sí, sino una denuncia concreta: las torturas en España gozan de amplia cobertura social, mediática, judicial, institucional y médica. Sin esa complicidad las torturas no serían posibles. Todo un compendio de mala fe, cinismo, crueldad y voluntad delictiva.

El artículo de Torrús desvela una saña difícil de admitir porque hacerlo compromete. Es preferible seguir negando los hechos, no investigarlos suficientemente, recurrir al «manual de la ETA», desdeñar desde las páginas de opinión la denuncia de las torturas, cuando no tomarlas de pretexto para burlas descaradas.

Frente a lo que pueda decir de manera blandengue y penosa el magistrado Joaquín Giménez, yo me quedaré siempre, en todo caso, con lo dicho por una de las personas cuyo testimonio se recoge en el artículo: «No me cabe ninguna duda de que el Consejo General del Poder Judicial tiene perfecta constancia del uso de denuncias falsas de resistencia y atentado a la autoridad como estrategia disuasoria frente a las denuncias de malos tratos y de la tolerancia pasiva de muchos jueces por razones que no atisbo». A mí me llama la atención no ya el coraje y la valentía, sino la falta de una elemental humanidad por parte de magistrados, escritores, periodistas, juristas, médicos forenses, uniformados ante el relato inequívoco de las torturas cuya certeza viene avalada por periciales rigurosas, como las de Francisco Etxeberria.

España Negra

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En opinión de Rajoy los de Podemos son unos «tristes que quieren pintar la España negra». Y eso lo dice quien acuna y da alas al maniaco religioso que tiene como ministro de Interior y a las ministras rezadoras que andan detrás de obispos, vírgenes, santos y pingajos amojamados para ver si estos nos sacan de la negrísima España en la que él y lo suyos nos han hundido. Solo un tonto, y de remate, puede decir, además de lo anterior, que la moda del radicalismo se va a pasar. Está claro que Rajoy cree dirigirse a un país poblado solo por débiles mentales. La España Negra… y la España guapa, que es la  suya, la del golf de Melilla, la de la valla, la de las monterías, los tablaos para señoritos, los ganaderos taurinos, como la Aguirre, que certifica como anti-España a quienes no aplauden la fanea, los burdeles de lujo pagados con tarjetas opacas, los vinos de Blesa, los CIES, la doble moral, la desigualdad ante la ley, la de los cada vez más pobres y los cada vez más ricos, los parados que jamás volverán a encontrar trabajo, los enfermos que se mueren por falta de medicamentos retenidos, la de los que viven de canonjías y de gorra a la sombra del poder y de los poderosos, la de los desahucios salvajes… a qué seguir. Y a nada que beba nos saldrá con la España alegre y faldicorta de Primo de Rivera para promocionar su alegría de la vida. País de canallas este en el que la cainina es una droga de libre circulación.